7 Mar

Zarautz 1998. El despertar.

Después de un largo viaje vuelvo rejuvenecido, como si una extraña Naturaleza que todo lo puede regenerase mi alma y mi cuerpo, que trataba de abrirse camino por el asfalto, tan duro y tan inhóspito, y a la vez tan apasionado.

Largas noches y cortos días a mí me buscaron y, me regalaron grandes desayunos con el diablo, que perenne a todo, me iba besando de vez en cuando. Muchas lunas a su lado, con el alma desnuda y el cuerpo agitado. Sin saber de cielo, que taciturno, aguardaba silencioso a que alguien le hiciera caso.

Y entre tanto risas y burlas a una ciudad que respeta lo que otras condenan. Que por sus calles estrechas, cuando el sol ya pasa de largo, se escucha como un llanto, una suave música que envuelve a un pueblo destrozado.

Largos días también he pasado, disfrutando de lo bueno y lo malo, de la sorpresa y lo esperado; con grandes amigos y buenos enemigos que llenaban todas las horas del camino andado.

Todo cuanto expreso será inconcluso, falto de datos, todo y aún más para guardarlo. Que lo mío, mío es y ni siquiera prestado. Que los recuerdos, eso son y a nadie más regalados. Sólo las fotos revelan lo que quiero, que lo demás, en mi retina ha quedado.

La rutina vuelve de las sombras con su mano amenazante, que es cosa de viejos y viene a mojarme: pero yo ya me he bañado en un estanque que la luna acariciaba por la noche y el día sus rayos le prestaba para relajarse. Que ya estoy curado de espanto. Que el camino andado ya no me lo quita nadie.

Un cúmulo de experiencias llena mi alma, que entre mis hombros descansa y mi cuerpo lo sabe. Hoy soy más que ayer, para vivir mejor mañana.

Mil proezas quedaron atrás, mas, mil y una tendré mañana, sólo mi vida lo sabrá.

Hoy ya hablo desde otra altura, donde no creí que llegaría antes.

“Hoy ya no me muerdo la lengua para tragarme la sangre, mas, por mis labios a borbotones sale”.

Hoy, más amigo de mis amigos, a mis enemigos, ni agua. Que ahora ya sé quién soy y lo demás no me importa, no me importa, no me importa.

 

El capitán de su calle